viernes, 5 de enero de 2018

REGODEO MEDIÁTICO

El hallazgo del cadáver de la joven Diana Quer y la confesión del presunto autor de su asesinato, José Enrique Abuín, alias 'el Chicle', han propiciado un profuso y desigual debate en torno al tratamiento dispensado por los medios a tales hechos. El debate es digno de un estudio sesudo y reflexivo en las facultades y en los propios medios de comunicación, donde, por cierto, no han faltado voces sobre la necesidad de autocrítica para contrastar las fronteras de la información y de la propia deontología profesional.
Cierto que las noticias surgen en unas fechas donde no hay tanta actividad política ni parlamentaria y la deriva, incierta y menguante, del proceso soberanista de Catalunya propició más imágenes, más páginas y más minutos de informativos. Eso no debería justificar la atracción que despiertan los hechos o acontecimientos desgradables, en una palabra: el morbo, pero jugó a favor de la exageración y de la prolijidad que degeneró en impertinencia.
Cierto también que hay antecedentes, los casos de Alcácer, Anabel Segura, Marta del Castillo, entre otros, pero ninguno generó un tratamiento como el que aún se alarga y que tan cuestionado está resultando también en redes sociales, donde muchas opiniones alumbran otras aristas de lo que envuelve el suceso. Pero el enfoque exorbitante llega a incomodar y también es calificado de sensacionalista y provocador. Con tal de vender, con tal de ganar audiencia... venga morbo. Malo que éste sea el único criterio que cotiza. Quienes emplean a menudo la frase 'la sociedad está enferma' tienen cada vez más elementos para argumentarla.
Y no debería ser. Porque los hechos son los que, exigiblemente contrastados, determinan una realidad que hay que plasmar de forma ajustada, exacta. A ellos habría que ceñirse. Aquí, como que no bastan los testimonios policiales y las decisiones judiciales y entonces hay que aventurarse a lanzar hipótesis o conjeturas, basadas en datos o informaciones con las que ir, supuestamente, robusteciendo un relato más propio de una novela negra o inspirador de algún thriller, una película de intriga y suspense.
Se ha exprimido, o se sigue exprimiendo, el que resulta un evidente exponente del machismo criminal, tan recurrente cuando hay que condenar asesinatos de mujeres y demandar la erradicación de esta lacra social, algo enquistado en la estructura misma de la sociedad. No son de extrañar entonces que algunos periodistas se pregunten, poco menos, qué estamos haciendo y otros pidan perdón, sobre todo cuando se repasan algunos testimonios y comentarios propios, una vez que los hechos tumban las teorías y los indicios trufados hasta de insinuaciones para dar verosimilitud a la historia. Puede haber consumidores de tribulaciones o emociones ajenas que gozan con la crueldad y la iniquidad pero ello no es una bandeja para regodearse desde cualquier plataforma mediática.
Como no es para asombrarse, así las cosas, que los investigadores, sin ambages en una primera evaluación, pidan a los medios un ejercicio de autocrítica que es tanto como decir una revisión en profundidad: “Hay titulares que hacen daño a la familia de por vida”. Y no solo a la familia, por mucha desmemoria que haya. Igual, sin renunciar al necesario deber de informar, todo sea cuestión de sensibilidad. Y cuando no se tiene, es difícil situarse en el fiel de la balanza.

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