jueves, 6 de julio de 2017

SE SIGUEN YENDO LOS BUENOS

Se siguen yendo los buenos.
Hasta parecen escoger el día adecuado para que les despidamos.
En efecto, en una mañana fría y lluviosa, en ese inconfundible medio ambiente lagunero, incluso en julio, dijimos adiós a Carlos González Segura. Atestada la iglesia de la Concepción, con personas que buscaron el cobijo del templo ante las inclemencias, con el obispo Álvarez oficiando, Carlos recibió la penúltima prueba de afecto de quienes sabían de su bonhomía, de quienes correspondieron a su amabilidad, de quienes sabían de su predisposición a buscar soluciones sensatas y dialogadas.
Un funcionario ejemplar, a quien conocimos a bordo de un avión de Binter, hace años, cuando nos disponíamos a asistir a la toma de posesión de José Segura como delegado del Gobierno. Carlos sería designado, horas después, subdelegado del Gobierno en la provincia. Desde entonces, una relación cordial, fluida y respetuosa, circunstancias que no quebraron ni siquiera cuandio cesó en aquel cometido institucional.
Un socialista cabal, discreto, comprometido con quienes de verdad lo necesitaban, que no gustaba de zancadillas ni de componendas y a quien dolían los comportamientos personalistas o de clanes internos que causaban heridas en la organización, sobre todo cuando trascendían en los medios de comunicación.
Gran amigo de Pedro Zerolo, le acompañó en Madrid durante sus últimas horas. Después de su paso por la subdelegación, acreditó su valía de gestor en el Consorcio Insular de Bomberos, desde donde daría el salto a la Dirección General de Recursos Humanos de la consejería de Sanidad del Gobierno de Canarias. Su alto sentido de la responsabilidad le hizo en todo momento cumplir con los cometidos que le fueron asignados.
Sobrellevó su enfermedad sin victimismos, la prueba de su discreción y de su entereza.
No hicieron falta alardes en su despedida. Mejor dicho: en medio de aquella mañana desapacible, recibió el último adiós, bañado en silencio y lágrimas, el testimonio de afecto de quien supo ganarlo con su talante y con su trayectoria pública. Los alardes fueron el aire gélido y la fina lluvia que le acompañaron tantas veces, en su juventud, en su ruta hacia la universidad y hacia sus centros de trabajo, en las calles laguneras, con abrigo o con paraguas. Recordando poemas de Machado o de Pedro García Cabrera o de Carlos Pinto Grote. Siendo uno más entre los miles de vecinos que han configurado la singular personalidad de una ciudad que ayer se vestía para hacer honor a un hombre bueno, a un servidor público que fue ejemplo de honestidad y entrega con los suyos y consigo mismo, con las instituciones y las personas a las que se debía.
Se siguen yendo los buenos.
Hasta siempre, Carlos, el buen Carlos González Segura.

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