sábado, 15 de octubre de 2011

COSTUMBRISMO PORTUENSE (II)

Los hombres volvían del fútbol, desde El Peñón, trajeados, en una curiosa y uniforme alineación que se formaba espontáneamente en el exterior del campo y recorría la calle San Felipe -por Mequinez discurrían quienes vivían en ella- para disoverse al llegar a la plaza del Charco.

La costumbre, los días que Puerto Cruz jugaba en casa, era que salían al descanso a tomar un vaso de vino o una cerveza fría en casa Mamerto que estaba muy próxima al campo de fútbol.

Y en las temporadas en que el equipo blanco desplegó su hegemonía en el fútbol regional era frecuente acompañarle en sus desplazamientos. Unos, en guagua; y otros, en taxi, cuyo importe compartían solidariamente los aficionados. Quienes disponían de vehículo propio, lo ponían a disposición previo pago a escote de una cantidad para el combustible. Punto de salida: la plaza del Charco, en las inmediaciones del bar Capitán -donde algunas temporadas vendían las localidades para los encuentros caseros y así aliviar las colas-; y también en El Peñón.

En la plaza, por cierto, se hizo corriente la estampa de escuchar partidos de competiciones europeas a través del transistor. Los interesados se concentraban en torno a quien lo llevaba. Unos cuantos años antes, las transmisiones eran seguidas en el cinema Olympia o en el Dinámico, donde instalaban equipos de megafonía. Ya en los setenta, podía verse en la vieja cazuela portuense a varias personas que, provistas del aparato de radio, veían el partido y a la vez seguían el curso de la jornada. Se puso de moda corear algunos goles de los equipos considerados grandes, en algujna ocasión para llamar la atención y desconcentrar a quienes jugaban. Los domingos, al caer la tarde, decenas de aficionados se acercaban a este bar o al Capitán para comprobar los resultados de la jornada y verificar los signos de la quiniela. Los portuenses siempre apostaron: durante muchos años depositaron sus boletos casi siempre el último día, el viernes a las ocho de la tarde o las diez de la noche.

Y se sintieron atraídos por la información: los lunes, muy temprano, hacían cola ante el estanco Curbelo para adquirir la Hoja del Lunes; y poco después del mediodía se hacinaban en el exterior de la librería de Fernando Luis para hacerse con un ejemplar de Aire Libre, el semanario que traía resultados, clasificaciones y crónicas, entre ellas, las primeras de Juan Cruz Ruiz. Cuando desapareció Aire Libre -cuya colección íntegra, por cierto, ha sido digitalizada por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria- los lectores de prensa deportiva prosiguieron sus hábitos los martes y sábados, cuando se publicaba Jornada Deportiva.

En el costumbrismo deportivo habría que consignar que los domingos por la mañana había baloncesto en aquella cancha de tierra de la plaza del Charco que los jugadores marcaban con cal o tapaban con arena los charcos que se formaban los días de lluvia. Esa cancha fue durante años el único espacio libre o abierto que los niños y jóvenes portuenses tenían para su asueto y para emular a los ídolos de entonces. La gente se agolpaba en los límites rectangulares para seguir con fruición los partidos que se jugaban entre las dos y las cuatro de la tarde. Partidos que tenían su temporada, crean, pues cuando llegaban las navidades o las fiestas de julio, la ansiada cancha era ocupada por pistas de coches eléctricos -los cochitos de esmoche, les llamaban-, norias o tómbolas, y obviamente, no se podía jugar. Entonces, cualquier calle o algún solar fruto del desarrollismo eran válidos.

Mencionado ese horario, hay que decir que el que regía la apertura al público de los comercios también influía en los usos sociales. De 1 a 3 de la tarde descansaban determinados ramos: se aprovechaba para almorzar. Otros abrían por la tarde de 4 a 7.30 y 8, cuando ya el turismo lo invadía todo y había que aprovechar. A la salida, paseo, cena, cine, enamorar o, sencillamente, “a recogerse”. En la sobremesa del almuerzo, por cierto, los hombres tomaban café, fumaban y conversaban animadamente en el bar Dinámico. Allí bautizaron las célebres “cámara alta y cámara baja”, al mejor modo democrático y aún en pleno franquismo. Antes de cenar e ir a escuchar “el parte”, a las nueve, se aguardaba que llegaran las remesas del diario vespertino La Tarde, que siempre tuvo en el Puerto numerosos seguidores, cuentan que por la calidad de los artículos de opinión que publicaba.

Enamorar. Formas diversas: los novios lo hacían dos días de la semana (lunes y jueves), además del domingo. Ir al cine, dar vueltas o sentarse en un banco de la plaza, un paseo hasta Martiánez, tomar un refresco o un helado. Ellos y ellas, por lo general, perfumados y bien vestidos. También intercomunicaban desde las ventanas de las casas. Se encontraban en un punto relativamente distante, hasta que se entraba en confianza y el novio esperaba a su amada en el exterior de la casa. Los que habrían de enamorar en otras localidades, se desplazaban en guagua o en vespa, antes de que se pusiera el sol, claro, para luego regresar a una hora prudente. Ir de la mano o del brazo: modestia y recato siempre, por la calle o la plaza, cuando la relación ya estraba más o menos consolidada, hasta que se eliminaron tabúes y corsés, las rigideces, en fin, de un costumbrismo amoroso sin duda influido por el régimen franquista y por los temores infundidos por la iglesia (Continuará).

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