miércoles, 20 de octubre de 2010

SERRAT, EL MEDIODÍA

El Serrat austero, sobrio y serio. El ajustado al "espíritu del proyecto" de cantar a Miguel Hernández, y sólo a Miguel Hernández, "un concierto cerrado", que ya habrá tiempo de volver y recrearse con los éxitos y las canciones de siempre.
El Serrat en plena forma, después de los achaques, su mala salud de hierro. El cantante entregado e identificado. Respetado y admirado, el que sobrevuela sobre las generaciones y los públicos de toda condición.
Joan Manuel Serrat es el mediodía, "con el amor a cuestas", como una de las estrofas de "Hijo de la luz y de las sombras". Está "Cerca del agua", aunque sea atlántica, sin que la balada pierda un átomo de encanto. Enfático y gesticulante para reforzar el mensaje de la poesía comprometida en "El hambre". Su aire coplero en "Del ay al ay por el ay". La solemnidad de "Menos tu vientre", aunque los arreglos musicales sean menos vibrantes que en la grabación de 1972, cuando el cantautor hizo la primera aproximación a la obra de Hernández, rescatándola de la ignorancia y del olvido impuesto.
Ahora, con la madurez y en otras circunstancias sociohistóricas, hasta "Para la libertad" parece sonar de otra manera pero el público, respetuoso e identificado, aplaude entusiástico. Y para quienes conservan memoria de aquel elepé histórico, "Las tres heridas" con las que abre el concierto, "El niño yuntero" que eriza la piel o las "Nanas de la cebolla" cuya musicalización es de Alberto Cortez son títulos para refrescar la memoria poética y entender mejor, ahora, la formidable dimensión de la obra de Miguel Hernández.
Serrat, "Hijo de la luz y de la sombra", es el mediodía, con los timbres adecuados, menos pesimista y menos oscuro en la atmósfera lírica que envuelve este tributo a Miguel Hernández. Sonido de violines y armónicas para redondear -con el incombustible Ricard Miralles y el diestro José Más al frente de la parte musical- las interpretaciones ilustradas con fragmentos de cortos cinematográficos de Garci, Armendáriz e Isabel Coixet, entre otros. Todo, meticulosamente medido para salir satisfechos del concierto, aunque sea un Serrat ceñido a la creatividad metafórica del inmenso Miguel Hernández.
El auditorio "Alfredo Kraus" de Las Palmas de Gran Canaria, anoche, lleno hasta rebosar, hizo que Serrat se rindiera y obsequiara un par de bises, repitiendo "La palmera levantina", porque "la he hecho fatal y no quiero quedarme con mal sabor", a la espera de una próxima visita para cantar, entonces sí, con el repertorio abierto.
Claro: es el mediodía.

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